Estudios indican que cerca del 60 % de los pacientes con COVID-19 en 2021 perdió parte del gusto y el olfato, y uno de cada cuatro no se recuperó por completo.
Mientras trascurría la pandemia por COVID-19, muchos temían experimentar alteración o pérdida del olfato, porque era el síntoma típico de haber contraído la infección. Esa sensación de no poder percibir ni los aromas más fuertes permitía sospechar de la enfermedad, incluso antes de confirmarla con pruebas diagnósticas.
Sin embargo, lo que para algunos fue algo meramente pasajero, para otros se convirtió en una secuela permanente. A día de hoy, un sinnúmero de pacientes no consiguen detectar olores, o al menos no como en el pasado. ¿Es tu caso? A continuación te contamos por qué sucede esta disfunción, qué hace que sea persistente y cuáles son las opciones terapéuticas disponibles.
Las razones detrás de los trastornos olfativos por COVID-19
Muchas personas que superaron la COVID-19 siguen reportando complicaciones permanentes en su sentido del olfato. Desde la disminución en la percepción de olores (hiposmia), hasta la pérdida total del olfato (anosmia) o sentir los aromas de forma distorsionada (parosmia), estas alteraciones representan uno de los efectos menos comprendidos del virus.
Hasta la fecha, los científicos no han podido esclarecer con exactitud a qué se debe esta secuela. Aun así, han explorado varios mecanismos como posibles contribuyentes. Uno de ellos tiene que ver con los daños que experimentan las células olfativas a causa del virus.