En estas zonas, los cultivos se extienden por miles de hectáreas y suelen estar protegidos por invernaderos o plásticos, lo que favorece la humedad y las enfermedades. Como resultado, los tratamientos químicos se multiplican a lo largo de todo el ciclo de producción.
Además, la presión económica desempeña un papel clave. Para responder a la demanda constante de los supermercados, los productores se ven incentivados a entregar fresas visualmente perfectas, incluso si ello implica usar más pesticidas. De este modo, la apariencia se vuelve prioritaria, a veces en detrimento de la calidad sanitaria.