Entonces me metí a la construcción. Al comienzo fue durísimo. Me dolía todo el cuerpo, me decían que ese trabajo no era para mujeres, lloré muchas veces en silencio. Pero aprendí. Aprendí a asentar ladrillos, a tarrajear, a cargar material y a resistir.
Me quedé porque ahí me pagaban un poco más y con eso pude alimentar a mis hijos y mandarlos a estudiar. Su padre nunca volvió. Nunca preguntó por ellos.
Hoy miro mi casa levantarse poco a poco y me siento orgullosa. No fue suerte. Fue sudor, lágrimas y amor de madre.