—¿Está viva? —preguntó entre sollozos.
Daniel asintió.
—Está viva. Y es fuerte. Muy fuerte.
La había visto por última vez dos meses antes. Sofía, ahora una joven de dieciocho años, trabajaba como asistente en una clínica comunitaria. Teresa había fallecido el año anterior y, antes de morir, lo confesó todo. Le dijo a Sofía que no era su hija biológica, que la había encontrado en la playa de Puerto Vallarta y que había tenido miedo.
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